Llego a tu casa y escucho con total claridad los gemidos que emitirás dentro de unas horas, cuando te embista. Para entonces habremos discutido dos veces: una por la última edición del tiempo perdido –defiendes la traducción de Salinas, yo la de Manzano-; la otra aún no la recuerdo.
Cuando entro en tu salón todavía no has llegado de tu boutique. Pero estás aquí. De una forma extraña, ya lo estás. Tus cortinas se inclinan con un movimiento casi imperceptible cuando cierro la puerta. Su balanceo desplaza por el aire algunas moléculas impregnadas de ti: moléculas de sándalo, de nicotina, de sal y de vagina.
Dentro de unas horas veré cómo descalzas tus zapatos negros de tacón. Y en una posición insoportable quedarán varados en la alfombra. Ahora recuerdo el motivo de la otra discusión.
El calor acumulado a lo largo de este veintinueve te traerá, dentro de pocas horas, embreada, cubierta de un finísimo cristal salado y malhumorada. Sabré qué hacer contigo, en qué lugar frotarte el cansancio. Tu cuerpo se arqueará pidiéndome la clemencia del vencido y yo te la negaré. Es otra la súplica de tus pezones.
El camino hasta la cama nos parecerá intransitable y aceptaremos tácitamente el cobijo del sofá. Otra vez el sándalo. Otra vez la madera, las conchas, y el revoloteo de las gardenias enfebrecidas.
Cierro la puerta con llave. Y espero a que aparezcas, sudorosa y perfecta, de mi pasado.
27.6.07
26.6.07
La búsqueda del poema.
Yo todavía la amaba. Por eso acepté su encargo: escríbeme un poema a la luz. Como solía, el tono de su petición era el de un oncólogo descartando la muerte. Al principio me sentí muy animado: nuestra relación languidecía, por lo que me pareció una última oportunidad para reflotar lo que quedaba entre nosotros.
Casi de inmediato intenté estructurar las escasas ideas que tenía, inventariándolas: la fotosíntesis, las sombras deslizándose por entre los objetos, la separación entre el día y la noche… Según me adentraba en el mundo de la luz y de los brillos me fui dando cuenta de la tremenda complejidad que encerraba. Por el contrario, la idea de la oscuridad, su antónimo, se me presentaba más accesible, mucho más bondadosa: a ella se entregaban los amantes lejos de las miradas inoportunas, allí el ladrón urdía sus fechorías… Y así, conforme iba descartando las opciones que había contemplado para estructurar el poema comenzó a rondarme la idea de abandonar. Mis intentos de escribir los primeros versos chocaban contra un muro espeso e inaccesible. La luz, con una ironía que me exasperaba, me sumía en las tinieblas.
Tenía otros escritos entre manos: un blog al que debía dedicarle unas horas al día, el curso de Escritura creativa que acababa de comenzar, otras poesías que estaban en marcha… pero no lograba apartar mi atención del poema de la luz. Cuando cogía la pluma, la cabeza y las ganas volaban hasta él. Comenzaba a convertirse en una obsesión. Pero los días pasaban y no había avances destacables.
Unas dos semanas después de recibir el encargo, aproximadamente, me llegó como un portazo la idea que llevaba tanto tiempo buscando: la existencia. Los objetos sólo existen para nosotros si somos capaces de percibirlos. Realicé una recopilación de las diferentes cosas que me venían a la cabeza: las ramas de los árboles, las partituras que acaban de presenciar un concierto, los automóviles, las manos que gesticulan al hablar… todo obtenía la vida cuando la luz incidía sobre ellos. Pero no como un nacimiento sino como una resurrección, pues era algo que se repetía una vez y otra.
Con la idea central afianzada, necesitaba ahora establecer de qué forma se producía la interacción: un manto de luz, la luz bañándolo todo… Todas ellas, imágenes utilizadas infinidad de veces. Debía buscar algo nuevo. Tras mucho reflexionar, y otra vez de golpe, me vino la solución: el abrazo. La luz no sería un manto plano que se extendía ante nosotros, ni un líquido que empapaba todo. La luz debía ser una madre que sostenía delicadamente a sus moribundos hijos, alejándolos de la muerte. Casi al instante se me hizo presente la imagen de una diosa cuyas manos sostienen al cuerpo de un guerrero, inundándolo con el aliento que lo devolvería a la vida. Consulté con amigos, hurgué por mis libros intentando encontrar la imagen que se ajustara a ello, recorrí mentalmente la mitología y siempre me volvía la misma escena: Afrodita salvando a Paris de una muerte honrosa.
Ahora sí estaban todas las premisas en mi cabeza. Los últimos días los pasé tratando de plasmar por escrito tal barullo de pensamientos. Y casi sin darme cuenta, el poema iba saliendo. Los octosílabos comenzaron a brotar uno tras otro: despiadados automóviles, las manos que aletean… los adjetivos desfilaban ante el diccionario.
Y a medida que se aproximaba el desenlace notaba la presión de la urgencia. Y aumentaba el miedo al estancamiento. Todos los mecanismos de mi cerebro trabajaban frenéticamente. Las palabras pasaban ante mis ojos. Debía captarlas antes de que desaparecieran en el olvido. Ya no servía el teclado. Recuperé el lápiz y el papel para poder emborronar y tachar.
Al terminar, cuando escribí los últimos versos (otorgándoles la vida, devolviéndoles su aliento) experimenté algo muy parecido al agotamiento tras una noche de lujuria: mi cuerpo y mi cabeza notaban una intensa fatiga, pero mi alma estaba eufórica. Leía y releía cada estrofa notando cómo las palabras me atravesaban, me seducían mirándome con la coquetería de una jinetera. Lo mandé por correo electrónico a varios amigos experimentando el orgullo de quien, con la cartera llena, exhibe a una hembra que no le pertenece.
Tardé en mandárselo a ella. Finalmente, aquel poema ya no era suyo. Claro, ni mío.
Casi de inmediato intenté estructurar las escasas ideas que tenía, inventariándolas: la fotosíntesis, las sombras deslizándose por entre los objetos, la separación entre el día y la noche… Según me adentraba en el mundo de la luz y de los brillos me fui dando cuenta de la tremenda complejidad que encerraba. Por el contrario, la idea de la oscuridad, su antónimo, se me presentaba más accesible, mucho más bondadosa: a ella se entregaban los amantes lejos de las miradas inoportunas, allí el ladrón urdía sus fechorías… Y así, conforme iba descartando las opciones que había contemplado para estructurar el poema comenzó a rondarme la idea de abandonar. Mis intentos de escribir los primeros versos chocaban contra un muro espeso e inaccesible. La luz, con una ironía que me exasperaba, me sumía en las tinieblas.
Tenía otros escritos entre manos: un blog al que debía dedicarle unas horas al día, el curso de Escritura creativa que acababa de comenzar, otras poesías que estaban en marcha… pero no lograba apartar mi atención del poema de la luz. Cuando cogía la pluma, la cabeza y las ganas volaban hasta él. Comenzaba a convertirse en una obsesión. Pero los días pasaban y no había avances destacables.
Unas dos semanas después de recibir el encargo, aproximadamente, me llegó como un portazo la idea que llevaba tanto tiempo buscando: la existencia. Los objetos sólo existen para nosotros si somos capaces de percibirlos. Realicé una recopilación de las diferentes cosas que me venían a la cabeza: las ramas de los árboles, las partituras que acaban de presenciar un concierto, los automóviles, las manos que gesticulan al hablar… todo obtenía la vida cuando la luz incidía sobre ellos. Pero no como un nacimiento sino como una resurrección, pues era algo que se repetía una vez y otra.
Con la idea central afianzada, necesitaba ahora establecer de qué forma se producía la interacción: un manto de luz, la luz bañándolo todo… Todas ellas, imágenes utilizadas infinidad de veces. Debía buscar algo nuevo. Tras mucho reflexionar, y otra vez de golpe, me vino la solución: el abrazo. La luz no sería un manto plano que se extendía ante nosotros, ni un líquido que empapaba todo. La luz debía ser una madre que sostenía delicadamente a sus moribundos hijos, alejándolos de la muerte. Casi al instante se me hizo presente la imagen de una diosa cuyas manos sostienen al cuerpo de un guerrero, inundándolo con el aliento que lo devolvería a la vida. Consulté con amigos, hurgué por mis libros intentando encontrar la imagen que se ajustara a ello, recorrí mentalmente la mitología y siempre me volvía la misma escena: Afrodita salvando a Paris de una muerte honrosa.
Ahora sí estaban todas las premisas en mi cabeza. Los últimos días los pasé tratando de plasmar por escrito tal barullo de pensamientos. Y casi sin darme cuenta, el poema iba saliendo. Los octosílabos comenzaron a brotar uno tras otro: despiadados automóviles, las manos que aletean… los adjetivos desfilaban ante el diccionario.
Y a medida que se aproximaba el desenlace notaba la presión de la urgencia. Y aumentaba el miedo al estancamiento. Todos los mecanismos de mi cerebro trabajaban frenéticamente. Las palabras pasaban ante mis ojos. Debía captarlas antes de que desaparecieran en el olvido. Ya no servía el teclado. Recuperé el lápiz y el papel para poder emborronar y tachar.
Al terminar, cuando escribí los últimos versos (otorgándoles la vida, devolviéndoles su aliento) experimenté algo muy parecido al agotamiento tras una noche de lujuria: mi cuerpo y mi cabeza notaban una intensa fatiga, pero mi alma estaba eufórica. Leía y releía cada estrofa notando cómo las palabras me atravesaban, me seducían mirándome con la coquetería de una jinetera. Lo mandé por correo electrónico a varios amigos experimentando el orgullo de quien, con la cartera llena, exhibe a una hembra que no le pertenece.
Tardé en mandárselo a ella. Finalmente, aquel poema ya no era suyo. Claro, ni mío.
25.6.07
Premio.

De Peregrina, cuyo blog “Puertas” ha sido un referente para mí desde que lo conocí, recibo un mensaje a modo de aprobación y aliento. En él dice otorgarme un premio: el Thinking Blogger Award.
Entre nosotros existe una amistad que va más allá de estas páginas. Quiero pensar que es el motivo por el que se ha decidido por mí en detrimento de tantos otros mejores que yo.
Las reglas me obligan a escoger a cinco “blogs”, con lo que tienen de engorroso y desagradable estas elecciones. Por orden alfabético son:
Carz y su “blog” Desde lo que llamáis nada.
NoSurrender y su “blog” El lagarto en tu laberinto.
Sergi Bellver y su “blog” Alas de albatros.
Una hija de puta con clase y su “blog” Me toco luego existo.
Ybris y su “blog” Vacío.
Éstas son las reglas:
Entre nosotros existe una amistad que va más allá de estas páginas. Quiero pensar que es el motivo por el que se ha decidido por mí en detrimento de tantos otros mejores que yo.
Las reglas me obligan a escoger a cinco “blogs”, con lo que tienen de engorroso y desagradable estas elecciones. Por orden alfabético son:
Carz y su “blog” Desde lo que llamáis nada.
NoSurrender y su “blog” El lagarto en tu laberinto.
Sergi Bellver y su “blog” Alas de albatros.
Una hija de puta con clase y su “blog” Me toco luego existo.
Ybris y su “blog” Vacío.
Éstas son las reglas:
1. Escribe un "post" como éste con 5 "links" de “blogs” que te hagan pensar.
2. "Linkea" a este "post"; de esta manera se podrá encontrar el origen exacto de este premio de enlace.
3. Opcional: muestra con orgullo el "Thinking Blogger Award" con un "link" al "post" que tú escribiste.
23.6.07
La noche de San Juan.
En la pira de San Juan he depositado las inquietudes, he amontonado el miedo con su sabor a óxido característico.
Antes de encenderla la miro y hago inventario: debilidad, adicción, tristeza, agonía, egoísmo…
Enciendo un fósforo, lo acerco a ese cúmulo de sensaciones viejas. Lentamente las primeras llamas asoman entre chasquidos y crujidos. Como si algo se inquietara bajo el fuego.
Es una combustión lenta. Esta noche purificadora durará toda una vida.
Antes de encenderla la miro y hago inventario: debilidad, adicción, tristeza, agonía, egoísmo…
Enciendo un fósforo, lo acerco a ese cúmulo de sensaciones viejas. Lentamente las primeras llamas asoman entre chasquidos y crujidos. Como si algo se inquietara bajo el fuego.
Es una combustión lenta. Esta noche purificadora durará toda una vida.
21.6.07
Las palabras de Carz.
"Las palabras son un tensor que curva el espacio hasta menguar la ausencia."
(Carz)
(Carz)
19.6.07
Lastre.
1. m. Peso que se pone en el fondo de la embarcación, a fin de que esta entre en el agua hasta donde convenga.
2. Peso que llevaban los globos aerostáticos para aumentar o disminuir la altitud.
3. Impedimento para llevar algo a buen término con la adecuada celeridad: su falta de experiencia es un lastre para todos.
2. Peso que llevaban los globos aerostáticos para aumentar o disminuir la altitud.
3. Impedimento para llevar algo a buen término con la adecuada celeridad: su falta de experiencia es un lastre para todos.
Debo volar libre, sin ningún peso que me limite el movimiento.
Debo volar libre, sin ningún peso que me limite el movimiento.
Debo volar libre, sin ningún peso que me limite el movimiento.
Debo volar libre, sin ningún peso que me limite el movimiento.
Debo volar libre, sin ningún peso que me limite...
Debo volar libre, sin ningún peso...
Debo volar libre.
18.6.07
Esclavitud.

Me resulta extraordinariamente difícil comprender, en según qué circunstancias, al hombre.
Hace unos días leí en la prensa la noticia de la liberación de 217 esclavos en China, de los cuales veintinueve eran niños. Al parecer los secuestraban en aldeas, siendo obligados a trabajar en fábricas de ladrillos. Fue la denuncia en Internet y en diversos blogs, al ver que padres desesperados buscaban a hijos desaparecidos, lo que motivó una inspección por parte de la policía en unas siete mil quinientas factorías. Obligados a trabajar jornadas de hasta veinte horas, eran apaleados y alimentados con poco más que pan y agua. Uno de los guardas fue detenido por haber matado a martillazos a uno de los trabajadores.
Me pregunto qué resortes son necesarios activar para que un ser humano llegue a manifestaciones de crueldad tan extremas contra otro. Y qué debe sentir una vez pulsados.
Hace unos días leí en la prensa la noticia de la liberación de 217 esclavos en China, de los cuales veintinueve eran niños. Al parecer los secuestraban en aldeas, siendo obligados a trabajar en fábricas de ladrillos. Fue la denuncia en Internet y en diversos blogs, al ver que padres desesperados buscaban a hijos desaparecidos, lo que motivó una inspección por parte de la policía en unas siete mil quinientas factorías. Obligados a trabajar jornadas de hasta veinte horas, eran apaleados y alimentados con poco más que pan y agua. Uno de los guardas fue detenido por haber matado a martillazos a uno de los trabajadores.
Me pregunto qué resortes son necesarios activar para que un ser humano llegue a manifestaciones de crueldad tan extremas contra otro. Y qué debe sentir una vez pulsados.
15.6.07
El rencor.
El rencor se agarra con la repugnante fuerza de la tenia y nos parasita el alma. Su cuerpo -alargado, sinuoso y húmedo- lo forman cientos de anillos gordos hinchados por los jugos del recuerdo. En uno de los extremos se localiza una cabeza tetragonal. Allí, como las aberturas de vigilancia que flanquean a los faros, pueden verse unas minúsculas bocas con las que se aferra a nuestra memoria. Y en ella inocula su hiel sin prisa.
14.6.07
Ella y la orgía perpetua.

Recientemente adquirí un libro. Más exactamente debería decir, otro libro: Ella y la orgía perpetua. Es una cuidada selección de textos de uno de los blogs más interesantes de la red: la orgía perpetua. Tuve la suerte de conocer a su autora -Ana Muñoz de la Torre-, de charlar con ella sobre su obra y de lograr, incluso, que plasmara en él, de su puño y letra, un "querido".
Por cuanto de ella he aprendido, por su afecto, pero sobre todo por la calidad y la coherencia con las que escribe, me permito recomendar sus páginas.
13.6.07
La librería La Tralla.
La librería La Tralla de esta honda ciudad es un cálido rincón en el que grupos de dos, tres o hasta cuatro escalones dan paso a diferentes niveles. Se entrelanzan los espacios como en un laberinto. Paredes cubiertas de libros flanquean a quienes la recorremos como Teseos.
Ayer fui con mis hijos de dos años y medio en busca de alguna antología de cuentos de Chéjov. Caminaban con seguridad por sus pasillos. Se paraban ante alguna estantería -imagino que por el magnetismo de los colores- y miraban con atención los libros que la contenían. Parecían proyectos de lector inacabados.
Cogí uno de los puntos de libro impresos con publicidad, nos sentamos en el suelo y, colocando las manos de ambos como si fueran las hojas de un ejemplar diminuto, les expliqué la forma de usarlo para no olvidar dónde había terminado la lectura.
Libros, libros y más libros con mis dos hijos al lado ¿qué más se puede pedir?
Ayer fui con mis hijos de dos años y medio en busca de alguna antología de cuentos de Chéjov. Caminaban con seguridad por sus pasillos. Se paraban ante alguna estantería -imagino que por el magnetismo de los colores- y miraban con atención los libros que la contenían. Parecían proyectos de lector inacabados.
Cogí uno de los puntos de libro impresos con publicidad, nos sentamos en el suelo y, colocando las manos de ambos como si fueran las hojas de un ejemplar diminuto, les expliqué la forma de usarlo para no olvidar dónde había terminado la lectura.
Libros, libros y más libros con mis dos hijos al lado ¿qué más se puede pedir?
12.6.07
Zíngaros.
¡Ay de nosotros, aquellos que saboreamos el amargo sabor del desarraigo, disfrutándolo, nómadas cuya cabaña de esperanzas se ha plantado en lugares extraños, en países remotos o en ilusiones inalcanzables!
Como zíngaros hacemos del destierro nuestro hogar, y en él recalaremos de por vida.
Somos apátridas y por ello amamos al hombre sin etiquetar su procedencia.
¡Ay de ti, de mí…!
¿Qué tierra, al final, querrá hacer suyos nuestros huesos?
Como zíngaros hacemos del destierro nuestro hogar, y en él recalaremos de por vida.
Somos apátridas y por ello amamos al hombre sin etiquetar su procedencia.
¡Ay de ti, de mí…!
¿Qué tierra, al final, querrá hacer suyos nuestros huesos?
6.6.07
Me va la vida en ello.
Concibo la vida no como guarida, sino como búsqueda. De una curiosidad insaciable emprendo mil empresas que quedan olvidadas por los llanos de mis días.
Pero sé algo: de todas ellas, el imperceptible poso que cada una ha dejado, me ha hecho más humano, mejor persona.
Pero sé algo: de todas ellas, el imperceptible poso que cada una ha dejado, me ha hecho más humano, mejor persona.
Cierto que huí de los fastos y los oropeles,
y que jamás puse en venta ninguna quimera.
Siempre evité ser un súbdito de los laureles
porque vivir era vértigo y no una carrera.
Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo: me va la vida en ello.
Cierto que no prescindí de ningún laberinto
que amargara con un callejón sin salida,
ante otro más de lo mismo, creyendo distinto,
porque vivir era búsqueda y no una guarida.
Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo: me va la vida en ello.
Cierto que cuando aprendí que la vida iba en serio
quise quemarla deprisa, jugando con fuego,
y me abracé defendiendo mi propio criterio
porque vivir era más que unas reglas en juego.
Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo: me va la vida en ello.
y que jamás puse en venta ninguna quimera.
Siempre evité ser un súbdito de los laureles
porque vivir era vértigo y no una carrera.
Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo: me va la vida en ello.
Cierto que no prescindí de ningún laberinto
que amargara con un callejón sin salida,
ante otro más de lo mismo, creyendo distinto,
porque vivir era búsqueda y no una guarida.
Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo: me va la vida en ello.
Cierto que cuando aprendí que la vida iba en serio
quise quemarla deprisa, jugando con fuego,
y me abracé defendiendo mi propio criterio
porque vivir era más que unas reglas en juego.
Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo: me va la vida en ello.
1.6.07
Cançó del bes sense port.
L'aigua roba gessamins
al cor de la nit morena.
Blanca bugada de sal
pels alts terrats de la pena.
Tu i jo i un bes sense port
com una trena negra.
Tu i jo i un bes sense port
en vaixell sense bandera.
El corb, al fons de l'avenc,
gavines a l'escullera.
Carbó d'amor dins dels ulls
com una trena negra.
Carbó d'amor dins dels ulls
i els ulls dins de la tristesa.
La tristesa dins la mar,
la mar dins la lluna cega.
I la lluna al grat al vent
com una trena negra.
(Mercè Marçal)
Canción del beso sin puerto
El agua roba jazmines
al corazón de la noche morena.
Blanca colada de sal
por las altas azoteas de la pena.
Tú y yo y un beso sin puerto
como una trenza negra.
Tú y yo y un beso sin puerto
en un barco sin bandera.
El cuervo en el fondo de la sima,
gaviotas en la escollera.
Carbón de amor dentro de los ojos,
como una trenza negra.
Carbón de amor dentro de los ojos
y los ojos dentro de la tristeza.
La tristeza dentro de la mar,
la mar dentro de la luna ciega.
Y la luna al capricho del viento,
como una trenza negra.
(Mercé Marçal)
al cor de la nit morena.
Blanca bugada de sal
pels alts terrats de la pena.
Tu i jo i un bes sense port
com una trena negra.
Tu i jo i un bes sense port
en vaixell sense bandera.
El corb, al fons de l'avenc,
gavines a l'escullera.
Carbó d'amor dins dels ulls
com una trena negra.
Carbó d'amor dins dels ulls
i els ulls dins de la tristesa.
La tristesa dins la mar,
la mar dins la lluna cega.
I la lluna al grat al vent
com una trena negra.
(Mercè Marçal)
Canción del beso sin puerto
El agua roba jazmines
al corazón de la noche morena.
Blanca colada de sal
por las altas azoteas de la pena.
Tú y yo y un beso sin puerto
como una trenza negra.
Tú y yo y un beso sin puerto
en un barco sin bandera.
El cuervo en el fondo de la sima,
gaviotas en la escollera.
Carbón de amor dentro de los ojos,
como una trenza negra.
Carbón de amor dentro de los ojos
y los ojos dentro de la tristeza.
La tristeza dentro de la mar,
la mar dentro de la luna ciega.
Y la luna al capricho del viento,
como una trenza negra.
(Mercé Marçal)
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