No era la primera vez que se enfrentaba a una página en blanco, pero al abrir aquella tarde el cuaderno, ignoraba que sería la última. Como siempre, cogió la pluma Smyth & Wesson y abrió la tapa granate. Miró aquella hoja intacta con desconfianza.
Cuando llevaba tres días desaparecido y comenzaron a buscarle, a nadie se le ocurrió mirar entre las hojas de aquel bloc.
(Con la venia de L_y_R)
27.4.07
26.4.07
Los poemas
No sabría decir cuándo me gusta un poema. Ni porqué. Realizo siempre una primera lectura; y es ella en la que intuyo si me va a gustar. Pero no es ahí cuando lo sé. Es al releerlo cuando comienzo a tener conciencia de la atracción. De la mutua atracción, pues creo firmemente que, de una manera extraña, los textos también nos eligen a nosotros.
En la sombra
Sí: tú me buscas.
A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.
Sí: tú me buscas.
Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el agua salobre.
Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.
No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche, indiferente y sordo.
Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.
(Dámaso Alonso)
En la sombra
Sí: tú me buscas.
A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.
Sí: tú me buscas.
Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el agua salobre.
Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.
No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche, indiferente y sordo.
Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.
(Dámaso Alonso)
Las larvas.
En ocasiones, hurgando la tierra,
-cuando la franqueza de los aromas
nos recuerda nuestra esencia de barro
y la fragilidad con que se cubre el recuerdo-
se siente en los dedos
el agradable tacto de las larvas.
Técnicamente no son distintas
de la llama que corona a las velas.
Tampoco más altas.
25.4.07
Una prueba de amor
Lo que más me gusta del ser humano es su inagotable capacidad para sorprenderme. A veces piensas -qué estupidez- que las personas no pueden enseñarte mucho más. Y al girar la siguiente esquina de la vida, te encuentras con alguien excepcional. Y claro, te desmonta.
Este fin de semana volví a cenar con J. y M. No los veía desde hacía tiempo. La madre de M. había fallecido en un trágico accidente de circulación. No entraré en detalles, pero sí diré que otro vehículo invadió el carril contrario y terminó con su vida.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijeron que acababan de traer una preciosa niña de China, a la que, tras un complicadísimo proceso, habían adoptado. Parte de mi sorpresa la producía el hecho de que ambos, J. y M. tenían ya unos cincuenta años y dos hijos de veintitantos.
"Cuando murió mi madre, tardamos en superar el golpe. Como sabes, aunque mayor, estaba en plena forma y era muy independiente. A los pocos meses nos llegó la notificación de la compañía de seguros de que cobraríamos una cantidad más que aceptable de la compañía contraria. Mi primera reacción fue la de rechazar ese dinero, pero me informaron que eso no era posible. Así que después de darle muchas vueltas, decidimos invertir ese dinero en adoptar a algún niño necesitado. Una vida, por una vida. Y nos ha devuelto de sobra la paz."
Este fin de semana volví a cenar con J. y M. No los veía desde hacía tiempo. La madre de M. había fallecido en un trágico accidente de circulación. No entraré en detalles, pero sí diré que otro vehículo invadió el carril contrario y terminó con su vida.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijeron que acababan de traer una preciosa niña de China, a la que, tras un complicadísimo proceso, habían adoptado. Parte de mi sorpresa la producía el hecho de que ambos, J. y M. tenían ya unos cincuenta años y dos hijos de veintitantos.
"Cuando murió mi madre, tardamos en superar el golpe. Como sabes, aunque mayor, estaba en plena forma y era muy independiente. A los pocos meses nos llegó la notificación de la compañía de seguros de que cobraríamos una cantidad más que aceptable de la compañía contraria. Mi primera reacción fue la de rechazar ese dinero, pero me informaron que eso no era posible. Así que después de darle muchas vueltas, decidimos invertir ese dinero en adoptar a algún niño necesitado. Una vida, por una vida. Y nos ha devuelto de sobra la paz."
24.4.07
El perchero
23.4.07
Cuatro últimos "lieder"
Richard Strauss compuso al final de su vida, unas piezas de extraordinaria belleza, plagadas de una tristeza de enorme profundidad: “Las cuatro últimas canciones”. Pocas composiciones han logrado hacerme llorar. “Im abendrot” (“Al ocaso”) es una de ellas. Compuesta a partir de un poema de Joseph von Eichendorff, logra, sin estridencias expresivas, sumir en una honda melancolía. Uno no es el mismo después de haberse enfrentado a ella en soledad.
Tras finalizar la guerra más brutal que la humanidad había conocido, Richard Strauss escribió en 1948 la que sería su obra final tratando de plasmar en ella la enorme devastación que los años de barbarie habían dejado en su alma. Él, cuya postura política en el inicio de la contienda había producido una de las controversias más apasionadas dentro del panorama musical del siglo XX, entregaba a la humanidad el testamento doloroso y arrepentido de toda una generación de alemanes.
Pocas veces el hombre ha cometido tal número de atrocidades, condensadas en tan corto espacio de tiempo. ¿Hasta dónde puede llegar un ser humano en la inmersión hacia las simas de la locura? ¿Cuáles serían los límites que marcan la lucidez de nuestra parte oscura? Creemos que estamos a salvo del desconocido goce del sádico, que nos es ajeno, pero no me cabe duda de que cada uno de nosotros encierra en su interior tanta capacidad de crear belleza como de arrasarla. En nuestra mano está lograr el equilibrio.
“Al ocaso”
Joseph von Eichendorff
A través de la necesidad y la alegría
hemos caminado mano a mano;
de este errar descansamos
ahora, sobre el campo silencioso.
A nuestro alrededor se inclinan los valles
se oscurece ya el aire;
sólo dos alondras aún se elevan,
soñando, en la brisa perfumada.
Aproxímate y déjalas vibrar;
pronto será tiempo de dormir,
que no nos extraviemos
en esta soledad.
¡O paz, inmensa y silenciosa,
tan honda al ocaso!
Cuán cansados estamos de caminar,
¿será eso, acaso, la muerte?
Tras finalizar la guerra más brutal que la humanidad había conocido, Richard Strauss escribió en 1948 la que sería su obra final tratando de plasmar en ella la enorme devastación que los años de barbarie habían dejado en su alma. Él, cuya postura política en el inicio de la contienda había producido una de las controversias más apasionadas dentro del panorama musical del siglo XX, entregaba a la humanidad el testamento doloroso y arrepentido de toda una generación de alemanes.
Pocas veces el hombre ha cometido tal número de atrocidades, condensadas en tan corto espacio de tiempo. ¿Hasta dónde puede llegar un ser humano en la inmersión hacia las simas de la locura? ¿Cuáles serían los límites que marcan la lucidez de nuestra parte oscura? Creemos que estamos a salvo del desconocido goce del sádico, que nos es ajeno, pero no me cabe duda de que cada uno de nosotros encierra en su interior tanta capacidad de crear belleza como de arrasarla. En nuestra mano está lograr el equilibrio.
“Al ocaso”
Joseph von Eichendorff
A través de la necesidad y la alegría
hemos caminado mano a mano;
de este errar descansamos
ahora, sobre el campo silencioso.
A nuestro alrededor se inclinan los valles
se oscurece ya el aire;
sólo dos alondras aún se elevan,
soñando, en la brisa perfumada.
Aproxímate y déjalas vibrar;
pronto será tiempo de dormir,
que no nos extraviemos
en esta soledad.
¡O paz, inmensa y silenciosa,
tan honda al ocaso!
Cuán cansados estamos de caminar,
¿será eso, acaso, la muerte?
Vértigo
Creemos tener todo atado: conocemos los planes para la próxima semana, cuántos polvos le echaremos a la esposa este sábado (si con suerte se me levanta y ella no tiene dolor de cabeza), qué haremos en vacaciones, a qué colegio llevaremos a los niños, de qué color será nuestro próximo coche, y hasta el dinero a invertir en el ataúd. Miramos a nuestra vida con aire de autosuficiencia y, cada vez que pasa por nuestro lado, le susurramos con un aplomo casi sincero: “te conozco”. Sí, creemos que sabemos todo de nosotros mismos, de nuestro futuro, y lo que es más llamativo, del futuro de nuestros seres queridos.
Y así van pasando los días.
Nos negamos el pensar que la vida es volátil, inestable, quebradiza. No podemos pensar demasiado tiempo en esa posibilidad o una sensación de vértigo nos invade. Sorteamos los días y cuanto tienen de inestables sin tambalearnos demasiado, empeñándonos en ignorar todos los abismos que se abren constantemente a nuestro paso. Y no todos negativos: un golpe de fortuna en los juegos de azar, el encuentro fortuito con un viejo amigo o estar precisamente aquel día en aquel lugar, pueden dar la vuelta a nuestro futuro, como se le da la vuelta a un guante. O una charla sosegada con una bella mujer que comienza a abrirnos las dudas sobre nuestras inamovibles convicciones. Y nos sentimos expuestos a una sensación extraña, desconocida, la cual creemos identificar como “peligro”. Somos tan limitados que no vemos que en realidad estamos ante la vida misma, con todo lo que tiene de exuberante. Y el mirar de nuevo aquellos sensuales ojos verdes, el sabernos capaces de lanzarnos por ellos sin red, nos llena de inquietud. Como el suicida arrepentido, segundos antes de abandonar la cornisa desde la que había querido lanzarse.
Y así van pasando los días.
Nos negamos el pensar que la vida es volátil, inestable, quebradiza. No podemos pensar demasiado tiempo en esa posibilidad o una sensación de vértigo nos invade. Sorteamos los días y cuanto tienen de inestables sin tambalearnos demasiado, empeñándonos en ignorar todos los abismos que se abren constantemente a nuestro paso. Y no todos negativos: un golpe de fortuna en los juegos de azar, el encuentro fortuito con un viejo amigo o estar precisamente aquel día en aquel lugar, pueden dar la vuelta a nuestro futuro, como se le da la vuelta a un guante. O una charla sosegada con una bella mujer que comienza a abrirnos las dudas sobre nuestras inamovibles convicciones. Y nos sentimos expuestos a una sensación extraña, desconocida, la cual creemos identificar como “peligro”. Somos tan limitados que no vemos que en realidad estamos ante la vida misma, con todo lo que tiene de exuberante. Y el mirar de nuevo aquellos sensuales ojos verdes, el sabernos capaces de lanzarnos por ellos sin red, nos llena de inquietud. Como el suicida arrepentido, segundos antes de abandonar la cornisa desde la que había querido lanzarse.
El silencio incómodo
Detestamos el silencio como detestamos muchas veces la imagen que nos devuelve el espejo. Puede hacerse más espeso que los perfumes de un burdel de carretera; más incluso que el humo de un club de jazz. Y nos incomoda. No sabemos cómo manejarnos en medio de él. Cuando su presencia se hace patente subimos el volumen de la radio, removemos nuestra memoria y nuestro teléfono móvil en busca de alguien con quien charlar –no importa el tema- o silbamos cualquier melodía. Lo importante es alejarlo. El pensar en un silencio creativo, en un silencio terapéutico, en uno reparador o en uno relajante es algo inconcebible para la mayoría de nosotros. El dinamismo extremo en el que nos desenvolvemos nos ha vuelto sordos, impidiéndonos escuchar las riquísimas músicas plagadas de matices que cada uno de ellos encierran; ni las múltiples historias que pueden traernos desde nuestro inconsciente.
Si el silencio nos parece insoportable en soledad, cuando aparece en presencia de otras personas se vuelve asfixiante, convirtiendo la atmósfera de un ascensor en irrespirable. Miramos y remiramos la placa de los botones, leemos el minúsculo cartel en el que se detallan los pesos admitidos y las revisiones realizadas por Industria. Y una sensación próxima a la claustrofobia nos oprime: la incomodidad. Para entonces alguno emprende una estúpida y anodina conversación sobre el tiempo, sobre el exceso de lluvia o la falta de ella, sobre lo extraño de las condiciones –sean las que sean- para la época del año. Tenemos en el tiempo algo suficientemente neutro como para no involucrarnos en absoluto.
Las parcelas de quietud casi han desaparecido de nuestras vidas. Pero cuando ya todo parece perdido recordamos que hay alguien, generalmente un buen amigo con quien el conocimiento mutuo alcanza el suficiente nivel como para que las palabras sobren. Alguien con quien podemos disfrutar, el uno junto al otro, callados, de la placidez del mar, de la tranquilidad de un atardecer o de la sonora ciudad. Y esa certeza nos devuelve parte de la lucidez que las bocinas, las máquinas de obras públicas y alguna suegra nos habían quitado.
Si el silencio nos parece insoportable en soledad, cuando aparece en presencia de otras personas se vuelve asfixiante, convirtiendo la atmósfera de un ascensor en irrespirable. Miramos y remiramos la placa de los botones, leemos el minúsculo cartel en el que se detallan los pesos admitidos y las revisiones realizadas por Industria. Y una sensación próxima a la claustrofobia nos oprime: la incomodidad. Para entonces alguno emprende una estúpida y anodina conversación sobre el tiempo, sobre el exceso de lluvia o la falta de ella, sobre lo extraño de las condiciones –sean las que sean- para la época del año. Tenemos en el tiempo algo suficientemente neutro como para no involucrarnos en absoluto.
Las parcelas de quietud casi han desaparecido de nuestras vidas. Pero cuando ya todo parece perdido recordamos que hay alguien, generalmente un buen amigo con quien el conocimiento mutuo alcanza el suficiente nivel como para que las palabras sobren. Alguien con quien podemos disfrutar, el uno junto al otro, callados, de la placidez del mar, de la tranquilidad de un atardecer o de la sonora ciudad. Y esa certeza nos devuelve parte de la lucidez que las bocinas, las máquinas de obras públicas y alguna suegra nos habían quitado.
Apadrinar una palabra
Nuestra sociedad, tan tecnológica, tan telecomunicativa, está llevando al idioma –a cualquier idioma- a una rapidísima degradación. Algunos dirán que es evolución. Lo que está claro es que entre mensajes de móviles, "chats" de Internet, falta de preparación en las escuelas y la pereza natural de todo hijo de vecino, cada día escribimos peor. Muchas palabras y expresiones se están perdiendo para siempre. Nos preocupamos mucho por las especies animales en vías de extinción, no me parece mal, pero deberíamos analizar qué palabras dejarán de formar parte de nuestro vocabulario, seguramente para siempre.
La Escuela de Escritores ha emprendido una interesante iniciativa: apadrinar palabras “en vías de extinción o, para predicar con el ejemplo y rescatar del desuso el término exacto que las designa, palabras obsolescentes.” En “Cien años de soledad” leíamos: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.” Si sigue esta tendencia a eliminar vocales por economizar, a utilizar la “k” en lugar de nuestra querida y quizá quejumbrosa “q”, llegará un día no muy lejano en el que nuestros nietos deban salir a la calle con un palo para poder señalar las cosas.
Yo me decidí por “zafar”, un bellísimo verbo con nueve significados en el diccionario de la RAE. De poco le sirvió su extensa polisemia, pues tiene los días contados.
Pero al dar un repaso al inventario de palabras apadrinadas, uno se encuentra con algunas tan evocadoras como: abalorio, acicalar, alberca, bagatela, brizna, cinematógrafo, catecúmeno, cáspita, haragán, linotipista, lupanar, naranjada, palangana, palíndromo, paupérrimo, puñetas, zagal, zahúrda, zalamero…
No creo que la labor que han emprendido frene la desaparición de todas ellas, pero el simple hecho de que me hayan dado un motivo para escribir estas líneas y el que en ellas aparezcan algunas de sus palabras, hace que para mí, su esfuerzo, ya haya valido la pena.
La Escuela de Escritores ha emprendido una interesante iniciativa: apadrinar palabras “en vías de extinción o, para predicar con el ejemplo y rescatar del desuso el término exacto que las designa, palabras obsolescentes.” En “Cien años de soledad” leíamos: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.” Si sigue esta tendencia a eliminar vocales por economizar, a utilizar la “k” en lugar de nuestra querida y quizá quejumbrosa “q”, llegará un día no muy lejano en el que nuestros nietos deban salir a la calle con un palo para poder señalar las cosas.
Yo me decidí por “zafar”, un bellísimo verbo con nueve significados en el diccionario de la RAE. De poco le sirvió su extensa polisemia, pues tiene los días contados.
Pero al dar un repaso al inventario de palabras apadrinadas, uno se encuentra con algunas tan evocadoras como: abalorio, acicalar, alberca, bagatela, brizna, cinematógrafo, catecúmeno, cáspita, haragán, linotipista, lupanar, naranjada, palangana, palíndromo, paupérrimo, puñetas, zagal, zahúrda, zalamero…
No creo que la labor que han emprendido frene la desaparición de todas ellas, pero el simple hecho de que me hayan dado un motivo para escribir estas líneas y el que en ellas aparezcan algunas de sus palabras, hace que para mí, su esfuerzo, ya haya valido la pena.
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