28.10.08

El traidor.

A pesar de mi edad o del cúmulo de experiencias vividas, te sorprende verme caer bajo las ardides del traidor. Sólo cabría, pensaste extrañada, que mantuviera intacta una sensibilidad desmedida.

El traidor tiene siempre húmedas las manos. Por ello gusta de secarlas acariciando el lomo autoritario de jerarcas y patrones.

Desvía la mirada y rara vez la sostiene ante la mirada de otros. Huyen sus ojos de la confrontación y buscan la seguridad de vaciar sus cóncavas de contenido.

Espía, recaba datos, acecha. Susurra, divulga, runrunea.

Serpentea por entre los grupos que charlan y codea y bracea hasta situarse junto al amo.

Creo en el hombre y rechazo que las lecciones amargas que me impone la vida condicionen mi fe en él. El dolor incomprensible y áspero que anega mi alma no lo borra mi edad, ni mis recuerdos pueden neutralizarlo. Pero, como dices, persiste y me enturbia por un exceso de sensibilidad.

24.10.08

Traición.

Me piden que siga hurgando en mi interior y que escriba sobre todo aquello que encuentre. Que me deje de transcripciones ajenas. No es fácil, creedme, pero no porque me frene un pudor grueso, ni porque pretenda guardar alguna parcela a buen recaudo. Es un bramante de angustia y cáñamo el que anuda mis manos, tensándolas lejos del teclado.

Algunas noches son tan agitadas como una mala travesía. Sueños que no comprendo se derraman desde mi almohada, la humedecen arrugándola. Luego, cuando amanece, noto el abrazo protector de mi esposa que me devuelve la quietud, me sosiega. Y comienza un nuevo día.

Desde hace días debo enfrentarme a la agria mirada de la traición, a su lógica irracional y mezquina. La deslealtad, dicen, no recibirá premio, no será recompensada. Pero contemplar su impunidad aparente me hunde en una pastosa frustración.

Una traición es sólo un hecho. Algo que sucede y que flota sobre nuestra memoria salobre mientras que es avistado desde la cubierta de nuestra conciencia. Luego debería ser sobrepasada y olvidada. Pero yo no he podido. Se ha pegado a mi costado y me oprime desgastándome. Y espero.

16.10.08

Mi abuela.

Hace poco murió mi abuela. Hasta ese día yo tenía sólo una abuela. El resto de los ancianos eran viejos que andaban por la calle, que se colaban en la cola de la panadería. Eran viejos que olían raro, galápagos torpes que bloqueaban el paso en las aceras con sus lentos movimientos.



Desde que ella murió todo es distinto: sus recuerdos llenan las calles. En cada uno de esos mismos ancianos veo algo de ella: en sus cabellos casi blancos, en sus encorvadas espaldas, en los surcos cargados de historias que llenan sus caras.

Antes tenía una sola abuela; ahora tengo una abuela en cada uno de ellos.

9.10.08

A veces se me taponan los oídos

A E.

A veces se me taponan los oídos.


Suele sucederme en la montaña, en casa –resfriado-, o al ascender hacia las espesas nubes en el interior de un aeroplano.


Entonces se atenúan los sonidos, las palabras se empequeñecen y quienes las emiten se alejan lentamente; como deslizándose por una cinta telemétrica. Los pasos de un gato sobre la acera son de cristal. El molesto autobús se vuelve azul; se evapora. Y comienza en el cerebro la música astronómica de las esferas.

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