Esta tarde tuve que ir a la consulta del médico para someterme a la revisión de una operación ocurrida tiempo atrás. Para hacer más liviana la espera quise llevar conmigo uno de los libros que tengo entre manos: Paseos con Robert Walser de Carl Seeling. Es una pausada recopilación de las conversaciones que el autor mantuvo con el poeta Robert Walser. Este, encerrado en un psiquiátrico, apenas saldría de él más que para hacer largas excursiones con Seeling. Poco a poco y durante algo más de veinte años el autor lograría ahondar en el mundo interior del poeta exuberante y certero.
Cuando me disponía a salir de casa uno de mis pequeños me entretuvo, por lo que me fui dejando olvidado aquel ejemplar.
Mientras aguardaba en la sala de espera los minutos se aplomaban, languidecían, adquiriendo la lentitud de los hipopótamos. Un revistero gastado esperaba junto a la puerta como un viejo caballo de madera. Ojeé en él pero apenas hubo alguna que despertara mi interés. Al regresar a mi asiento pude ver, con alegría, sobre una mesa de bronce un número atrasado de la publicación Letras libres. Había en ella un artículo de Enrique Krauze, su director, en el que trataba de la obra de Alejandro Rossi y del cuidado con que éste desgranaba el lenguaje al escribir. Escribía Krauze:
Yo suelo leerlo con un lápiz para subrayar, no sin envidia, los adjetivos. Recuerdo unos cuantos, al azar: Jerusalén como “espacio teológico”, el “inabarcable” Borges, la “pedagogía amplia” de Gaos; la tinta azul, de “hipnótico Königsblau”, en la que escribe; el “innecesario” autor de algún texto. Otro genio suyo, peculiar, son las imágenes, asociaciones y metáforas: Gaos vivía “atado al potro de la traducción”, alguien trabajaba “con esmero de armero antiguo”, la “cabeza de pájaro alerta” de Russell, las librerías de viejo como “cuevas de la imaginación”, o “la mezcla prehistórica de olores” en las calles del centro.
Aquellas palabras me envolvían cuando la enfermera me avisó para pasar a la consulta del doctor. De golpe se activó en mí no sé qué resorte desconocido, y de una forma inexplicable aquella revista terminó escondida entre los pliegues de mi abrigo. Cuando pude recapacitar ya no era posible deshacer mi fechoría pues otro paciente estaba entrando en la salita de espera.
Más tarde, ya en la calle, cuando el aire de la tarde enhebraba mi cara, apretando entre mis manos el objeto robado, con el miedo a ser atracado por alguien tan indecente como yo, aceleré el paso hasta mi casa.