He retomado mis estudios de filosofía. Intenté inciarlos hace años, a distancia, en una época en la que el alcohol y las drogas resultaron ser más determinantes.
Ahora, cuando miro al sol de cara y tuteo a muchos amaneceres, una necesidad casi ajena me empuja a aprender. Y recorro las páginas con la quietud de un turista viejo.
Y así, sin el apremio de los exámenes, uno puede divagar y perderse, pues es en esos merodeos cuando se descubren ciertas cosas:
La evolución del alfabeto.
