31.5.07

Luz.

Y se lo hubiera llevado,
consiguiendo inmensa gloria,
si al punto no lo hubiese advertido Afrodita.

(La Ilíada; Canto III)


Caminamos inseguros
entre escollos y celadas.
Tanteamos del Universo
sus enredos, sus intrigas,
percibiendo sólo a ráfagas
a los mudos compañeros
de esta árida travesía:
una rama acunada
en el árbol que la ignora,
los despiadados automóviles,
las partituras exhaustas
tras el fragor de la batalla,
las manos que aletean
al hacer un juramento,
o el contorno que abarca
a la espalda indescifrable
que aguarda un solo gesto.

Al caer la tarde
con el certero estoque
del acero tenebroso,
un manto oscuro de agonía
envuelve al árbol,
extingue el murmullo de las hojas;
asola hierro, plástico,
bielas y neumáticos;
deja moribundos
piel, cartílagos y huesos,
con la misma soledad
que entristece al esqueleto.

Y siempre,
en el último momento,
los alcanzas con tu abrazo
preciso, firme, amplio,
-como el de una Afrodita
rescatando de la muerte,
puntual y agradecida,
a un Paris derrotado-
otorgándoles la vida,
devolviéndoles su aliento.

30.5.07

Adán y Eva.

—Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué? Te he visto a ti también como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas.
¿Es que somos distintos?¿No te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles?
Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es más grande, de algún modo.
Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día.
Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.
¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que tuve.

(Jaime Sabines; Adán y Eva, IV)

29.5.07

Si a cruzar mi perímetro te niegas.

Si a cruzar mi perímetro te niegas,
me haré viento que silba en la enramada,
y me oirán tus oídos,
y rozaré tu cara,
y extenderé un abrazo en torno tuyo
que estremezca la curva de tu espalda.

No quiero hacerme río,
arrastrando corrientes de nostalgia,
que roza, y besa, y huye,
y entre los olmos despedidas canta.

Si fueras río en devenir constante,
frívolo, fugitivo paso de agua,
nunca sería el puente que te pierde,
sino el dique macizo que te embalsa.

Si por lo fácil hacia ti no llego,
si encuentro obstáculos, reveses, trabas,
he de llegar a ti por lo difícil,
aunque me cueste la mitad del alma.

(Francisco Álvarez Hidalgo)

27.5.07

Escalofrío.

Dime en quién piensas
mientras se acerca el suelo,
bella suicida.


(José Lalupú)

(Este escalofrío me recorrió en http://mundoiconoclasta.blogspot.com/)

24.5.07

Prólogo con libélulas y gusanos de seda.

Es cosa de libélulas,
de caballitos del diablo: aletean eléctricos,
vibran como cuerdas de una guitarra
que alguien acaba de pulsar,
zigzaguean como relámpagos,
rubrican la mañana azul.

Cosa también de cazadores de libélulas:
nos dejan en los dedos un grumillo de muerte,
un residuo viscoso, una turbiedad amarilla.

A veces se realiza el milagro:
el cazador cobra su pieza intacta y viva.
Comienza entonces la tarea primorosa del entomólogo:
le clava un alfiler para que muera poco a poco
a fin de que conserve intacta su belleza,
su perfección, su apariencia de vida
(porque de eso se trata).
Es cosa de entomólogos, es cosa de poetas,
maquilladores y embalsamadores de cadáveres.

Es cosa de gusanos de seda:
segregan tenues hilos de oro
con los que van edificando
su alcázar, cárcel, túmulo,
su oscuridad definitiva;
se desangran en oro, resignados
a no ver desde fuera nunca jamás su obra concluida.

Un día algo despierta en el recinto silencioso
–resurrección o transfiguración–:
ya no es el tejedor apresurado de la saliva de oro
sino una mariposa, torpe y gorda,
que ni siquiera lo recuerda
(igual que el cuerpo no recuerda
al alma que era suya antes de que él naciera).
La nueva criatura nace a cambio
de destruir lo que fue la razón de vivir y de morir
de alguien que fue ella misma
y que es ahora nada más que un hueco.

Se trata ahora de un hueco donde ocurrió el prodigio,
de una sombra en la entraña de la seda,
de una sombra y un hueco en el que suena
un motor de automóvil.

Escucho ese motor desesperadamente
para saber que no estoy sordo.
Segrego seda para probar que sigo vivo,
para encerrar conmigo el automóvil
y no dejar jamás de oír su música
(yo, como Marinetti, creo ahora
que un automóvil es más bello
que la Victoria de Samotracia).

A los 65 años de mi vida
cambié mi viejo coche.
Y ahora, a los 67, escucho al nuevo
sonar por penúltima vez.
No queda tiempo ya.
Yo he sido para él su amor primero
como él para mí el último.

Y me abandonará dentro de nada
(como al amante viejo la amada joven),
cuando no pueda acariciarlo.
Si él fuese un perro me daría compañía
y se dejaría morir cuando muriese yo.
Pero es únicamente un artilugio mecánico
–metal, cristal, plástico, goma–,
esclavo dócil que obedecerá
mientras mi mano sea firme.

Quiero pensar, lo necesito, que me recordará
desde algún cementerio de automóviles
cuando yo esté en mi camposanto de cipreses y cruces
(o, mejor, cuando sea cenizas diluidas
en la palpitación de la mar).

Entro en la seda del poema roto
donde alguien, que fui yo, murió más de una vez.
No hay nadie, nada: tan sólo un automóvil.
Pongo el motor en marcha: le hablo de libélulas,
Le pregunto
qué será lo que yo quería decir.

(José Hierro)

23.5.07

Resfriado.

Apareces de improviso arruinando
mi paso, mi visión, mi aliento.
Te instalas.
Como un invitado inoportuno, te instalas,
hurgas por los estantes,
remueves mis escritos
y desordenas las sábanas.

Sólo quedan los pañuelos,
como zarzas que mueve el aire,
en silencio por el suelo.

22.5.07

El boleto.

Colgué mi abrigo en el perchero de la entrada. Me senté y pedí un café americano. Pensé de nuevo qué hacer con el dinero del premio. Casi todo, claro está, iría destinado a liquidar mis deudas de juego. El resto daría para un viaje. Ni largo ni corto, pero lejos.

Fue al salir a la calle cuando comprendí que era hombre muerto. Aquel trozo de papel, el boleto premiado, ya no estaba en el bolsillo. Y allí, frente a mí, esperaban los hombres de don Marcial.

21.5.07

Desánimo.

Avanzan los días y, por lo general,
el tiempo es un acompañante silencioso,
un criado eficaz y leal
que sabe esperar detrás de la puerta.
No importuna.

La lluvia no es más que lluvia,
-minúsculas explosiones
contra los párpados
que lo impregnan todo
de cristal-.

Una tarde, todo aquel equilibrio
se altera inexplicablemente.
Casi sin pretexto.

Las horas se vuelven pesadas,
como lentos hipopótamos
de torpe caminar.

La lluvia ya no es solamente lluvia.
Adquiere la humedad del sepulcro.
Se cuela en los armarios.
Y nos deja empapado el ánimo.

18.5.07

El parque.

Algunas diosas invencibles
hacen punto indiferentes,
vigilando de soslayo.

Una pareja roba un beso
a las miradas indiscretas.

El parpadeo de las farolas
hace concluir el día.

Sólo quedarán abandonadas
unas palabras rondando a los olivos.

17.5.07

En la sombra.

Sí: tú me buscas.

A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.

Sí: tú me buscas.

Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el agua salobre.

Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche, indiferente y sordo.

Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.

(Dámaso Alonso)

16.5.07

Sombras.

Un tapiz de plana geometría
rondará los sueños que, olvidados,
yacen en un desván destartalado
que se enfrenta a la luz con rebeldía.

Un sutil himen que aparta al día
transformando lujuria en pecado,
hará que el servidor de lo pactado
vulnere las promesas que te hacía.

¡Son altos los muros que atesoran
la nocturna quietud de la colmena,
despertando ïnstintos a deshora!

Son falsos los colores que decora
con la pálida luz que lo envenena,
marchándose su fuerza con la aurora.

14.5.07

Mi tía Clara.

Mi tía Clara, con setenta y cinco años, nos ha anunciado que tiene novio: el señor Forriols, viudo como ella y de tan sólo setenta y tres.

Ver cómo le brillan los ojos, cómo vuelve a lucir sus mejores vestidos o qué pronta se le ha vuelto la risa, es una delicia.

Pero aún lo es más el comprobar, a través de su mirada, que las únicas limitaciones al amor, son las que nosotros nos imponemos.

13.5.07

De la existencia de Dios. (I)

“… y entonces le asaltó la idea, como el chasquido de un rayo: ¿Y si eso que tantos y en tantos lugares se empeñan en llamar Dios en realidad fuera un cúmulo extraordinario de energía en el que todos los seres –vivos o no- participaran de alguna manera? De pronto comenzaron a encajar las piezas de un puzzle cósmico: tendría sentido hablar del más allá, de la reencarnación, de la Comunión de los Santos. Cada ser humano tendría una implicación directa en el destino del Universo.

El comprender que somos energía por encima de todo, que a nivel atómico lo único que hay es un vacío oscuro en el que las fuerzas de atracción de unas partículas que nos ignoran son quienes rigen cada uno de nuestros actos, de nuestros pensamientos, de las intenciones más ocultas, e incluso de nuestro llanto, le hizo más palpable su vulnerabilidad.

Por ello, el hacer reír a los demás, el ayudar a un semejante, ya no serían actos aislados o inconexos. De alguna manera emanaría una energía positiva que lo impregnaría todo, perfeccionando y sublimando a ese Universo. Y de la misma forma nuestros más escondidos actos de maldad lo contaminarían irremisiblemente.”

10.5.07

Mirándome el ombligo.

Permítanme un pecado venial. De soberbia.
Pero es que acaban de informarme de que he ganado mi primer concurso literario con este poema:

El balcón.

Como a las viejas persianas
me anudarán la nostalgia
con un cordel verde.

Y ya,
envejecido, inservible,
casi sin conciencia,
seré testigo silencioso
de los juegos de la calle.

Los impuntuales.

Leo en un diario de la red:

“Perú lanzó una campaña por la puntualidad: El presidente Alan García hizo sonar una campana y dio inicio a la campaña nacional para desterrar la impuntualidad de Perú. (…) Ser puntual es respetar al prójimo... Terminar con la impuntualidad significa también engrandecer a la patria.”

Dicen los científicos que el tiempo no existe. Que es una invención del hombre para poder dar una explicación racional a muchos procesos que se producen a su alrededor. Sea como fuere, algunas personas viven como si realmente no existiera: los impuntuales.

Los impuntuales son una especie de raza distinta. Externamente apenas se diferencian del resto de las personas: viven, se reproducen, trabajan y orinan exactamente igual que los demás. A lo sumo podría apreciárseles un levísimo gesto de despreocupación. Pero ése no es un síntoma universal. Viven como si fueran guardianes del tiempo –del propio y del ajeno- y lo dosifican con una arbitrariedad peculiar. La misma media hora que a uno se le hace eterna, para ellos no tiene más peso que el de unos escasos cinco minutos. Definitivamente el tiempo es elástico. Y su medida ambigua.

Los impuntuales aparecen en las reuniones, generalmente, con la mirada perdida. Al contemplar las caras de reproche de los demás, esbozan un gesto de extrañeza y balbucean un asombrado “¡¿Pero qué pasa?! “

Poseen una creatividad superior a la media. La ejercitan con los más variopintos argumentos para dar credibilidad a las razones de su retraso. Son como imanes de la mala suerte, pues sólo así se entiende que todas las averías les sucedan a su medio de transporte.

La salud de esta sub-raza supera la media nacional: no se conocen casos graves de úlceras. Y las cardiovasculares les son diagnosticadas en pocas ocasiones.

Yo no afirmaría que la puntualidad, como dice el presidente del Perú, engrandezca a una patria. Lo que sí es seguro es que a mí la impuntualidad me repatea.

9.5.07

SMS

"Un pensamiento que se nos escapa se parece a un pez que se suelta del anzuelo. No deberíamos perseguirlo; sigue alimentándose en las profundidades y regresa luego con más peso."

(Un mensaje de mi gran amigo E., sin cuyas palabras mi vida sería terreno yermo)

8.5.07

Oración por la belleza de una mujer.

¿A qué tu poderosa mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama
¡Dale la eternidad que le has robado!
(Dámaso Alonso)



Me insinúas que sostienes al mundo
y que tu aliento revienta la espiga
con la fuerza del arado fecundo.
¡Creo! (porque mi fe a creer me obliga).

Si tanto poder tus manos encierran,
podrás robar las palabras al viento
que convertidas en un juramento
me digan lo que sus sueños entierran.

En la sagrada forma de su ombligo
reciben sepultura los desvelos
profanando esa tumba al levantarme.

Bendigo su pie y su mano bendigo
y tanta fuerza viene de los cielos
que su belleza logra desarmarme.

Entrevista a Julio Cortázar.



Entrevista a Julio Cortázar en el programa "A fondo" de RTVE. (1977)

Cojan palomitas. Son dos horas.

7.5.07

El proceso creativo.

El lugar de donde provienen las palabras, de donde arranca el proceso creativo, está plagado de recovecos e inexactitudes. Debe de ser muy parecido a un laberinto, en el centro del cual está la idea en toda su amplitud, con toda su carga de belleza, de crueldad, de pasión o de cinismo. Cualquier labor intelectual exige llegar hasta él. Esto obliga a la mente a transitar desde la memoria hasta el subconsciente por un mundo lleno de fotografías, de imágenes de personas que amamos o que nos amaron —algunas ya desaparecidas—, de lugares y situaciones pasadas, de oportunidades perdidas.
Según vamos adentrándonos en busca de esa escurridiza inspiración, nuestro paso se acelera, aumenta la ansiedad y se embotan los sentidos. Nos embriagamos de plenitud al sentir que la meta no es inalcanzable.
Al obtener la idea, el concepto abstracto, sólo resta emprender el camino de regreso desde los universos infinitos del alma hasta el microscópico mundo regido por las tres dimensiones.
El camino inverso ya no es ni confortable, ni inmediato. Todo aquello que nos parecía tan claro, tan evidente, se va sumergiendo en una niebla espesa. La saciedad que obtuvimos del subconsciente desaparece, sintiéndonos ahora sedientos ante nuestro esfuerzo de plasmarlo en una sencilla hoja de papel. De pronto desaparece parte de la seguridad que albergábamos, haciéndonos enmudecer, dejándonos desconcertados —como el sabio ante la inocente pregunta de una adolescente—. Aparece, de golpe, el síndrome de la página en blanco.
Aparentemente, esta sensación de vacío no tiene razón de ser: mentalmente se han estructurado los razonamientos que deseamos plasmar, tenemos las líneas generales de los mismos; incluso conocemos de antemano algunas palabras prefijadas, palabras-nodriza; sobre la mesa están alineados los materiales y utensilios del escritor; pero siguen escabulléndose la forma externa de nuestras ideas, los fonemas, los vocablos precisos. En un primer momento garabateamos unas líneas: “Es un extraño abismo...”; suele ocurrir que nada más terminarlas ya nos parecen superficiales, vacías de sentido o imprecisas. Comienzan las tachaduras mientras que un sentimiento de orfandad nos invade.
Pero de pronto algo crece en nuestro interior, un pensamiento que, arrancando desde el inconsciente, cruza nuestra percepción subjetiva, incrustándose en la consciencia, inundándola de evidencias que se suceden una tras otra, en ocasiones con demasiada rapidez. El texto ha nacido y por fin es.

6.5.07

Pequeña serenata diurna.

Soy un desarraigado. Por circunstancias de la vida he ido dejando atrás muchos lugares, muchas ciudades, varios países y a casi todos los amigos. Eso hace que la sensación de soledad sea muy palpable, incluso cuando estás codeándote con otras personas a diario. Todos necesitamos sentir que formamos parte de algo. Somos grupales por naturaleza. De lo contrario uno termina recluido en sí mismo y tuteando a la locura.

Cuando comencé a escribir este “blog”, mi afán principal era el de recuperar el hábito perdido de la escritura; precisamente aquí se puede conseguir algo de lo que adolezco: constancia. Pero hoy, al abrir mi ordenador y leer todos los mensajes, me he dado cuenta de una cosa: las personas no necesitamos cosas extraordinarias para unirnos y sentir que con otros formamos parte de un proyecto común. Sólo hace falta desear que suceda. Entonces, como un santo y seña de amigos antiguos, aparecen palabras que sólo unos cuantos percibimos como nuestras; detectamos en unos versos, en una música o en una mirada los trazos inequívocos de la complicidad. Es por todo esto que hoy me he sentido un hombre feliz; es por todo esto que os digo “gracias”.

Quizá esta canción sea una de esas consignas secretas. A mí me lo parece.





"Pequeña serenata diurna"


Vivo en un país libre

cual solamente puede ser libre

en esta tierra, en este instante

y soy feliz porque soy gigante.

Amo a una mujer clara

que amo y me ama

sin pedir nada

o casi nada,

que no es lo mismo

pero es igual.

Y si esto fuera poco,

tengo mis cantos

que poco a poco

muelo y rehago

habitando el tiempo,

como le cuadra

a un hombre despierto.

Soy feliz,

soy un hombre feliz,

y quiero que me perdonen

por este día

los muertos de mi felicidad.

(Silvio Rodríguez)

5.5.07

Como la escarcha.

Como la escarcha,
aparece al principio de la primavera
y deja una imperceptible pátina
sobre mis libros más queridos,
sobre mi pluma,
y entre mis inquietudes.

Excepcionalmente
-es decir,
casi siempre-
al aparecer con su estruendo,
abre todas las ventanas
y mis recuerdos
se alzan por los aires.

Son raros estos días de Abril,
cuando las libélulas emergen
tras la tormenta y, posándose
sobre sus finísimas patas,
acallan mis miedos.

4.5.07

Caridad.

Te amo.

Te amo en el reflejo que la vida
me trae de mí mismo.

En la idea exacta de tu yo desconocido.

En los fracasos, en mi cansancio.

Hasta en la soledad en la que me encontraste,
lúgubre, maltrecho,
te amo.

Esperanza.

Según avanza la vida, la interminable lista de aspiraciones con la que comenzamos se va reduciendo. Muy al principio desaparecieron el tren eléctrico, la mirada de la muchacha y disfrutar de saltar sobre charcos como océanos.

Más adelante se perdieron la lealtad incorruptible del amigo, el dormir a pierna suelta, y la complicidad del padre.

Ahora la única esperanza que albergo, y por la que rezaría al dios en que no creo, es la de no sobrevivir a mis hijos.

3.5.07

Fe.

En el umbral del sueño se intensifican los recuerdos de la niñez. Se enmarañan con las creencias. Y ocurre que el sonido de las gotas de lluvia estallando contra los adoquines, el abrasador roce de una ortiga que se coló entre mis juegos infantiles, el cansancio tras la dura escalada, o la sosegada respiración de un niño, son las verdades en las que en realidad creo.

Casi tanto como en la capacidad creadora del ser humano, en su potencial aniquilador o en su implacable crueldad.

2.5.07

Diez lugares.


Vivimos en una sociedad cada vez más heterogénea. La mezcla de razas y culturas convierte nuestras ciudades en auténticas amalgamas de personas. Al igual que todo en la vida, este hecho puede verse como algo positivo, o como un peligro que nos acecha.


Desde mi punto de vista somos muy afortunados de poder fundirnos con formas de vida tan dispares. Por desgracia no todo el mundo lo acepta de buen grado. Y los enfrentamientos interraciales no paran de salpicar las páginas de los periódicos.


Sin duda el mejor antídoto para la lacra del racismo (de uno u otro bando) es el conocimiento mutuo. Y ello se logra, sobre todo, viajando.


Viajar aporta tal cantidad de información y de experiencias que cuando uno regresa a su país, ya nunca será el mismo.


Cada uno de nosotros guarda en su memoria aquellos lugares que, por uno u otro motivo, dejaron su huella.


1.- Tu interior (Mi esposa), "Quietud": El lugar al que siempre vuelvo.
.
2.- La Triola, (Comarca de La Selva), "Paz": una casa situada entre montañas, y pantanos, escondida en un bosque de encinas, donde me pierdo para escribir.
.
3.- Plaza de San Marcos (Venezia), "Magnificencia": Sólo en dos lugares he llorado desbordado por la belleza: en esta plaza, cuando desemboqué de golpe por un oscuro y estrecho callejón, y en el
.
4.- Taj Mahal (Agra), "Amor": No estaba preparado para ese raudal de perfección. Creía que a fuerza de verlo en fotografías no podría sorprenderme. ¡Qué equivocado estaba!
.
5.- Estepas de Gobi (Mongolia), "Libertad": Uno puede cabalgar días y días, sobre esos caballos duros y fieles, sin ver ni una sola cerca.
.
6.- Yachtitlán y Bonampak (Chiapas), "Inmutabilidad": Dos ciudades mayas a las que hay que acceder en barca por un río infestado de mosquitos: el Usumacinta. Allí aguardan al viajero unas pinturas casi intactas.
.
7.- Monte Sinaí (Egipto), "Insignificancia": Los atardeceres que se contemplan después de una subida a pie de varias horas le hacen reflexionar a uno sobre mil cuestiones trascendentes.
.
8.- Montañas Akakus (Desierto de Libia), "Eternidad": Dice un refrán de los Tuareg: "Dios creó el desierto para que el hombre se encontrara a sí mismo".
.
9.- Delta del Okavango (Namibia), "Vulnerabilidad": Recorrer a pie durante días aquellas tierras pantanosas, repletas de elefantes, leones, jirafas... nos obligaban a sentir más que nunca nuestra debilidad ante el medio.
.
10.- Playas de Trang (Thailandia), "Erotismo": Playas blancas y vírgenes donde nos gozamos todos aquellos días.

1.5.07

Señor Juez.

A Pepe.



Colgarse por el cuello y dejar el cuerpo oscilando hasta morir no debe de ser una decisión fácil. Ni difícil.

Previamente, imagino, el suicida tratará de hacer un balance de su vida. De dicho análisis surgirá la idea de poner fin a todo. Ésa es la parte fácil de la solución: adoptar de entre todas las opciones la que no implica lucha. Luego -minutos, horas o algún día - sin haberlo meditado demasiado y con los enseres indispensables, comienza la parte difícil: la ejecución.

Al anudar la soga alrededor del cuello los pensamientos y los recuerdos deben de agolparse con una fuerza brutal. Es probable que entonces, y sólo entonces, se dude entre la nota tradicional o avanzar con los años y hacer uso del teléfono móvil. Tener que tomar decisiones no estaba previsto.

Entre las cientos de llamadas posibles, el suicida optaría por la madre; quizá algún amigo. En medio de los sollozos impotentes nadie encuentra palabras de cobijo.

La patada final, la del preámbulo, se da a una velocidad infinitesimal. Como a cámara lenta. Y pueden distinguirse cada uno de los fotogramas que componen el movimiento de la silla al estamparse contra el suelo. Después, el golpe desgarrador que cercenará la vida suena seco, reparador, como a crujido.

Ahora que ya todo es oscuridad, quien iba a decir que sería tan fácil.
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